La masturbación de los pingüinos

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Veo en la ventana que no me miran más
Y sé: las cosas son… lo que parecen.
Como el cigarrillo.
Será la herida, el heridor.
Será
El zigarrilio dentro de un carro:

Es la punta del iceberg.
La carne penetrada de una nave marina.
Y Poseidón, la helada, nadando apretado para hacer el
coger
con los muertos.
Hiere el aire. Chorrea humo. Inunda.

Pero las cosas son lo que parecen.
Parecen algo que para lo que existo
aletean como las pestañas de Kirsten Dunst
mientras que yo soy quebradizo y lejano como una araña.

O como el suicidio.
Meditaba en la ventana sin miradas
-con el cigarrillo (no el de antes) mentiroso (uno nuevo)
que parece calentar el envase de plástico
(((sin&alma$que?tengo))) abajo de la remera,
y no: el cigarrillo en la noche es helado
-en llevar el doble suicidio. Imposible.

Me parecía algo impensable.
Y así: eso inabarcable, que la noche anfitriona
sirve tapándose los ojos, sonriendo, en bandejas de perlas
Corales
Victoria
Volvé y
Vamos de
Vacaciones
Vi las tablas naranjas
La sombra de las rejas
Y las bicicletas de verano, zumbando
La canción para una parte de mi muerte doble.

El suicidio es aterciopelado y jugoso como un durazno.

Entonces, ante lo imposible (la noche, despertarse, los vecinos y el gato intentando entrar por
la ventana) elegí la otra parte. Un suicidio simple. El suicidio no parece complejo. El suicidio fue
rápido. Sincero.
Las cosas son lo que padecen.

Jimena. Darling.
Entre dos suicidios
me quedo con una cruz.
Una tele de domingo.

Suicidándome
me hago una paja viéndote cortar una manzana.